¿Es la universidad suficiente?

Que levanten la mano todos aquellos que durante su paso por la ESO y Bachillerato se pensaban que la universidad era aquel hervidero de cerebros adolescentes con cuerpos de semi-adultos que pasaban de la mayoría de las clases, siempre tenían algo que celebrar (y dinero para ello, eso sí que era un “Expediente X” total) y que, sin comerlo ni beberlo, al finalizar esos años de locura desenfrenada acababan más colocados que el hijo de Botín          -laboralmente, me se entiende perfectamente-.

– Mamá, yo quiero ir a ESA universidad.

Así es, criaturitas, así es la Universidad: un ente mitológico con el que soñabas desde los 15 años y que cuando llegas resulta que nada es lo que parecía. No voy a entrar a determinar qué porcentajes de responsabilidad tienen de esta imagen la industria cinematográfica de Hollywood, los discursos poco realistas que en aquella época cualquier persona 10 años mayor que nosotros (con experiencia o sin ella, el caso era ser mayor) se ofrecía voluntariamente a darnos o lo-que-no-debe-ser-nombrado-en-épocas-de-crecimiento-negativo. Pero lo cierto es que ya nada es lo que era.

Pero entonces… ¿es la universidad suficiente?

Debatir las consecuencias y cambios sociológicos derivados del acceso del grueso de la población a una educación superior, de calidad y gratuita -cualidades que en la actualidad se están reWertiendo cosa mala- sería demasiado complicado, pero baste con decir que ahora más que nunca la Universidad es una etapa media, esa fase tras decidir que algo te gusta y meterte de lleno a ello. Hace no mucho se lo explicaba a unas personitas de la siguiente manera: “Hace décadas, una hamburguesa era una hamburguesa entre pan y pan. En cambio, ahora llevan de todo: lechuga, tomate, queso, pepinillos… La Universidad de entonces era como esa hamburguesa entre pan y pan: simple, pero servía su cometido. La Universidad de ahora tan sólo es el pan (y, si acaso, medio filete) a la que debes ir añadiendo tú mismo los ingredientes”.

Pero, ¿y es eso malo? Depende de cómo se mire.
Desde el punto de vista económico es un sí rotundo. El tipo de educación que un día fue reclamado al grito “El hijo del obrero también quiere estudiar” es cada vez más poco accesible. Estudiantes que se hipotecan para poder pagar la matrícula, familias en la cuerda floja, jóvenes que dejan sus estudios a mitad de curso porque les es imposible hacer cuentas a final de mes… Historias como estas no solo se ven en los medios de comunicaciones, son parte de nuestro día a día. ¿Cómo deben de sentirse por tanto la gran mayoría de estudiantes cuando se les dice que ahora sin un máster/doctorado no son nadie? Obviamente, un máster no abre directamente las puertas del mundo laboral, eso que quede claro. Unas prácticas en una agencia o empresa del sector que nos interese siempre nos enseñarán mucho más, pero está visto que el hecho de respaldar el grado o licenciatura con el máster muchos lo tienen grabado a fuego.
Ahora bien, somos nosotros mismos quienes tomamos el timón de nuestros conocimientos y decidimos cuál es el rumbo que preferimos tomar. Bien sea con cursos, másteres o prácticas profesionales como he mencionado antes, tenemos un amplio abanico de formación a nuestra elección.

Específicamente para los traductores (ya entro en materia, ya) esto es algo que ya nos venía de lejos. Si hay algo que me encanta de la carrera profesional de traductor es la inmensidad y variedad de conocimiento a la que podemos acceder a través de las traducciones y sus documentaciones previas. Manuales de lavadoras, enfermedades cardiovasculares congénitas, cartas de restaurantes, artículos de prensa sobre el conflicto árabe-israelí, cortos cinematográficos sobre el movimiento europeo del agua pública… La nuestra es una preparación de por vida sobre los aspectos más variopintos que nos podamos imaginar y, en mi opinión, uno de los grandes atractivos. Desde los primeros años de universidad, la frase “Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”, de René Descartes, ilustra cada vez más y mejor nuestras ansias de saber y conocer un poco de todo.

En cuanto a formación reglada, existen multitud de másteres de universidades especializados en las distintas ramas de la traducción que en muchos casos pueden cursarse de forma presencial o a través de Internet, con foros y plataformas diseñadas para ello. Desde traducción audiovisual a traducción editorialtraducción creativa y humanísticatraducción medico-sanitaria, etc. Tan solo he nombrado cuatro de ellos, pero dependiendo de nuestros intereses las opciones se amplían más y más.
Personalmente, si se tienen las ideas claras (y el dinero necesario) cursar un máster es una muy buena oportunidad para enfocar nuestra carrera profesional hacia el ámbito que más nos guste.

Pero no solo están las universidades, también existen otros caminos formativos. Asociaciones como ATRAE (Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España) y empresas como Cálamo & CranAulaSIC o Trágora Formación ofrecen numerosos cursos y webinarios de lo más interesante: corrección de estilo, localización de videojuegos, traducción financiera, traducción erótica… Además, son bastante más accesibles, económicamente hablando.

Por último, me gustaría también mencionar algunas de las plataformas libres educativas que, junto con una infinidad de universidades extranjeras, ofrecen cursos gratuitos sobre casi cualquier tema. Si bien es cierto que no se centran en la traducción en sí, podemos encontrar cursos sobre muchísimas áreas: informática, derecho, matemáticas, medicina, ciencias políticas, etc. Algunas de ellas son CourseraOpen2studyedX o iversity.  Una vez registrados, es muy fácil inscribirse en los cursos y empezar a absorber información cual Bob Esponja. Además, para los más sedientos de títulos, existe la posibilidad de que, previo pago de una tasa, se pueda obtener un título expedido por la universidad al cargo del curso una vez éste haya finalizado y se hayan aprobado los méritos correspondientes (exámenes tras cada tema o finales, tareas semanales…).
Para mí el descubrimiento de este tipo de plataformas ha sido de lo más productivo para satisfacer esa curiosidad infinita sobre historias mil. Pero ojo, es altamente adictivo. Empiezas con un curso sobre el Big Bang y acabas apuntándote a cinco cursos más hasta que te das cuenta de que necesitarías días de 40 horas para acabarlos todos.

 

El que avisa no es traidor.


En definitiva, ahora mismo formarnos ya no solo como traductores sino como profesionales de cualquier sector es más fácil que nunca. Tan solo hay que saber buscar y acertar.

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